El compa Edgar tiene de creador lo que tienen todos los caroreños de poeta: es un asunto que nace con el hombre y que rara vez se aprende. Me consta que sus destrezas primarias le vinieron desde la sangre y no desde las escuelas; su obra, por lo tanto, tenía que venir impregnada de vida y no de ese olor a naftalina que despiden los artistas obsesionados con la galería y el museo.
Éramos todavía unos guaritos en aquella Carora calcinada y ya nos sorprendía a todos con la veloz agilidad de su trazo, y también con su tendencia a la búsqueda de la verdad, pero no desde la frialdad de los libros o la prensa sino allí mismo en el mundo, donde la gente se confunde con la tierra. Vagué dos o tres veces a su lado por algunos pueblos de Lara y Trujillo, y en esos trayectos le reconocí esa rara inclinación por el aprendizaje que es el nomadismo.
Su obra gráfica de hoy, estos retratos o crónicas que nos cuentan una Venezuela que se queda atrás y otra que insurge y está en plena reconstrucción, me remiten al desapego de aquel muchacho a los bienes materiales, al insólito desparpajo con que era capaz de sobrevivir semanas y meses con tres lochas negras en los bolsillos. La obra de Edgar Vargas no es el resultado de un vistazo corto y rápido a la noticia o la situación del momento, sino las huellas artísticas de tanto mundo recorrido, de tanto dolor y tanta alegría.
Si a alguien tuviera que invitar para que se zambulla en las aguas de Edgar Vargas como mar de creación, lo haría con la seguridad de que las enseñanzas más duraderas son las que nos toman por sorpresa: láncese sin salvavidas ni artefactos para respirar, porque en el fondo lo que encontrará es más vida y más mundo real.
José Roberto Duque.
Caracas, febrero de 2006.